San
Martín, el hombre detrás del mito
El
Libertador Sudamericano fue un eximio militar y patriota, pero también un ser
humano sencillo y humilde
Por Martín Blanco
12 de mayo de 2018
En la cuantiosa y rica bibliografía
sanmartiniana mucho se ha escrito sobre sus proezas militares y su genio político:
su destacada actividad militar en la península, la creación del Regimiento de
Granaderos a Caballo, la notable y vigorosa gestión como gobernador intendente
de Cuyo, su apoyo decisivo a la declaración de la independencia, la epopeya del
cruce de los Andes, los triunfos decisivos en Chacabuco y Maipú, la
independencia de Chile y del Perú, bastión central del poder español en
América.
Sucesos ellos que con total justicia glorifican
al Capitán de Los Andes y merecidamente lo colocan en el pedestal de la patria
y de nuestro sentir nacional. Sin embargo, el objeto de esta nota es dejar de
lado al héroe para centrarme exclusivamente en el hombre y retratar mediante
algunas anécdotas que lo tienen como protagonista, su genio, su integridad
moral y su sencillez.
En suma, se trata de mostrar a San Martín como hombre, no solo en el
contexto de sus funciones dentro del drama revolucionario, sino también cuando
voluntariamente inició su ostracismo y dejó de ser hombre público, legándonos un verdadero testamento
político para la posteridad y una moral de conducta sin igual.
El Libertador era un hábil conductor. Sus 22
años de servicio en el Ejército español (1789-1811) le propinaron un notable
conocimiento en el arte de la guerra, sirvió bajo las órdenes de destacados
generales como Francisco Javier Castaños, Antonio Ricardos, Francisco Javier
Solano y el Marqués de Coupigny, entre otros. Sus ascensos, hasta llegar a
teniente coronel, fueron siempre por acciones de guerra. Luchó San Martín en
todos los escenarios posibles, en tierra, en agua, en la montaña. Participó de
forma activa en la guerra de independencia de España contra el Gran Corso,
donde tuvo una destacada actuación en la batalla de Bailén, que fue el primer
gran tropiezo de Napoleón en tierra peninsular. Fue San Martín uno de los pocos
oficiales mencionados en el parte de batalla con motivo de su gran desempeño.
Toda esa experiencia
adquirida fue decisiva para la suerte de la revolución en el Río de la Plata. El 9 de marzo de 1812 el
Libertador retornaba a su patria y, una semana después, el 16 de marzo, se
creaba formalmente el Regimiento de Granaderos a Caballo, que, bajo las órdenes
y el influjo de San Martín, se convirtió en una verdadera escuela de guerra, de
cuyo seno saldrían los mejores jefes, oficiales y generales que serían
protagonistas en la campaña continental. Entre ellos se destacó Manuel de
Olazábal, quien con 13 años recién cumplidos se incorporó al prestigioso
cuerpo.
En 1815, este joven y bravo oficial, ahora
teniente, estaba en Mendoza, bajo las órdenes de San Martín, que se desempeñaba
como gobernador e intendente de Cuyo. Allí tuvo lugar un altercado con el
teniente coronel José Melián, que se refirió a Olazábal como
"mocoso", a lo que este respondió desafiándolo a batirse a duelo. San
Martín tomó conocimiento de la situación y le prohibió terminantemente a
Olazábal la concreción del asunto. Olazábal desobedeció, por su honor, la orden
impartida. El resultado del encuentro fue que Melián recibió un sablazo en la
pierna y Olazábal, uno en la rodilla, de gravedad, y otro en la mano derecha.
Sabedores los protagonistas de las consecuencias que podrían derivarse,
trataron de salvar la cuestión, Melián se llevó a Olazábal a su casa para
cuidarlo, curarle las heridas y además ocultarlo. Al día siguiente, por la
mañana, se presentó a la casa de Melián un sirviente desconocido con una
bandeja portando un buen puchero de gallina y una cafetera con café y leche,
con orden de entregarle a él un peso fuerte, situación que se repitió durante
el mes y medio que demandó la recuperación de Olazábal, ignorándose quién era
el generoso benefactor.
Tiempo después supo Olazábal
que el benefactor no era otro que él general San Martín. Todavía apoyado en sus
muletas, Olazábal no pudo ocultarse de la vista del Gran Capitán, que, al verlo
en ese estado, le colocó una mano sobre el hombro y le dijo: "Bien, hijo,
¿qué tiene usted?". Contestó: "Señor, una rodada que me he dado con
mi caballo". "Siempre será usted calavera, ¿no?" replicó San
Martín y, riéndose, agregó: "Bueno, cuídese usted mucho y no vuelva a
rodar".
Si bien Olazábal, por un lado, desobedeció la
orden de San Martín; por otro, cumplió con el Código de Honor del Regimiento
dictado por el Libertador, que estableció los delitos por los cuales deben ser
arrojados los oficiales, entre ellos, "por no exigir satisfacción cuando
se halle insultado".
De esta manera, con este gesto paternal, San Martín
rescató la valentía de Olazábal, que se sintió ofendido en su honor y, pese a
su juventud, demostró, como lo haría en el futuro, que era digno de ocupar un
lugar en el prestigioso Regimiento de Granaderos a Caballo que
tantas glorias daría a la patria.
La cobardía no cuadraba con San Martín y, si
hay quien lo pudo atestiguar, ese fue Miguel Brayer, general francés que
combatió en España en el Ejército del Gran Corso y luego se desempeñó como jefe
del Estado Mayor del Ejército Chileno.
En horas previas a la decisiva batalla de Maipú
(5 de abril de 1818) este experimentado oficial se presentó ante el general San
Martín para solicitarle una licencia aduciendo que una vieja herida en su
pierna no le permitía tomar parte del combate. Vale resaltar lo que estaba en
juego en ese momento acucioso, teniendo en cuenta que días atrás el ejército
patriota casi es destruido en la Sorpresa de Cancha Rayada (19 de marzo de
1818).
Para graficar ello no hay mejor intérprete que
el propio San Martín, que manifestó a los jefes del Ejército: "Esta
batalla va a decidir la suerte de toda América y es preferible una muerte
honrosa en el campo del honor a sufrirla a mano de nuestros enemigos".
En ese contexto, Brayer solicitó
licencia. San Martín
apeló a la reflexión de este veterano de guerra invitándolo a quedarse y tomar
parte de la batalla. El general francés se mantuvo en su postura, a lo que San
Martín respondió tajante: "El último tambor del ejército tiene más honor
que usted, señor general". Y, dirigiéndose al general
Balcarce, añadió: "Haga saber al ejército que el señor general de veinte
años de combate queda suspenso en su empleo por indigno de obtenerlo".
La victoria patriota en Maipú fue un punto de
inflexión para la emancipación sudamericana, fue la batalla más importante y de
mayor envergadura de las que San Martín tomó parte en tierras americanas.
El éxito de la batalla se debió en gran medida
al genio táctico de San Martín, que dispuso de una reserva para emplearla en el
momento oportuno, y sobre todo a la aplicación del denominado "orden
oblicuo", maniobra de guerra que consiste en rebasar las alas del
contrario y replegarse sobre su centro.
Cuando San Martín estaba leyendo al general
Gregorio de Las Heras el parte detallado de Maipú que acababa de redactar, Las
Heras le dijo: "General, esto que usted dice aquí, que nuestra línea se
inclinaba sobre la derecha del enemigo, presentando un orden oblicuo sobre ese
flanco fue, como usted sabe, todo el mérito de la victoria y, puesto, así como
usted lo pone, nadie lo va a entender". San Martín sonrió y le dijo: "Con eso basta y
sobra. Si digo algo más, han de gritar por ahí que quiero compararme con
Epaminondas o Bonaparte. ¡Al grano, Las Heras, al grano! Hemos amolado a los
godos y vamos al Perú. ¿El orden oblicuo nos salió bien? Pues, adelante, aunque
nadie sepa lo que fue. Mejor es que no lo sepan, pues aún habrá muchos que no
nos perdonarán haber vencido".
Lo relatado muestra y
demuestra una vez más que San Martín jamás buscó su gloria personal, su
objetivo y su lucha siempre estuvo centrada en un solo fin: la emancipación
sudamericana.
El 10 de febrero de 1824, San Martín, ya viudo,
y su pequeña hija Mercedes, la infanta mendocina, se embarcaron rumbo a Europa
en el navío francés Le Bayonnais, comenzaba así el ostracismo del Capitán de
Los Andes.
A partir de ese momento la educación de su hija
iba a ser su misión, que vale decir que fue exitosa. Exultante, le escribió a
su entrañable amigo Tomás Guido: "Cada día me felicito más de mi
determinación de haber conducido a mi chiquilla a Europa (…) La mutación que se
ha operado es tan marcada como la que ha experimentado en figura. El inglés y
el francés le son tan familiares como su propio idioma, y su adelanto en el
dibujo y la música son sorprendentes. Usted me dirá que un padre es un juez muy
parcial para dar su opinión, sin embargo, mis observaciones son hechas con todo
el desprendimiento de un extraño, porque conozco que de un juicio equivocado
pende el mal éxito de su educación".
El 23 de enero de 1844, en
París, el general testó por última vez. En la cláusula sexta del mentado instrumento
declaró: "Aunque es verdad que todos mis anhelos no han tenido otro objeto
que el bien de mi hija amada, debo confesar que la honrada conducta de esta, y
el constante cariño y esmero que siempre me ha manifestado han recompensado con
usura todos mis esmeros, haciendo mi vejez feliz. Yo le ruego continúe con el
mismo cuidado y contracción la educación de sus hijas (a las que abrazo con
todo mi corazón) si es que a su vez quiere tener la misma feliz suerte que yo
he tenido; igual encargo hago a su esposo, cuya honradez y hombría de bien no
ha desmentido la opinión que había formado de él, lo que me garantiza
continuará haciendo la felicidad de mi hija y nietas".
El padre de la patria era ahora el abuelo
inmortal. Sus nietas Merceditas y Josefa llenaban la vida del héroe. Cierto
día, y para evitar que llore Merceditas, San Martín se levantó, sacó del mueble
una medalla de la que pendía una cinta amarilla y, dándosela a la nieta, le
dijo: "Toma, ponle esto a tu muñeca para que se le quite el frío". La
hija del prócer llamó la atención del padre, indicando que la medalla que le
había dado a la niña era nada más y nada menos que la condecoración que el
gobierno de España le había otorgado por su actuación en la batalla Bailén (1808). San Martín, con su sencillez
replicó: "¿Cuál es el valor de todas las cintas y condecoraciones si no
alcanzan a detener las lágrimas de un niño?".
Fuente: https://www.infobae.com/america/historia-america/2018/05/12/san-martin-el-hombre-detras-del-mito/


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